Malaguerra. Una coproducción de Rakatá & Txanka Kua

Hace ya algunos meses que la compañía de danza-teatro Rakatá, afincada en Benajarafe (Málaga), tenía algo entre sus manos. Un cuerpo, digámoslo así, compuesto por una decena de temas musicales con sus pertinentes solos de danza: Daniel Vega a la batería y Amanda Zavanelli a los tacones, miembros de la compañía, con la colaboración de Alejandro Lévar al sintetizador. Y había una idea, un texto creado por la propia Amanda, inspirada en la obra de Paul Lafargue, El derecho a la pereza (Ed. Climats, 1883). Nuestra obra, Malaguerra.

Rakatá toma el flamenco como eje vertebrador y la apertura de sus fronteras como factor de creación. Siente y expresa el flamenco desde la subjetividad, devolviéndole su expresión más libre y emocional, otorgándole así otro concepto artístico. Una experiencia de liberación de la belleza y de los prejuicios.

Hacía tiempo que ambas compañías ‘nos teníamos ganas’, en tanto que atacamos desde distintas perspectivas el hecho escénico. Y en plena embestida del COVID-19, surgió la ocasión. Decidieron ponerse en contacto con Txanka Kua, para proponernos asumir tanto la dirección como la adaptación dramatúrgica. El resultado de dicho encuentro fue más lejos aún, y ambas compañías decidieron compartir sus infraestructuras y la producción. Es decir, surgía la co-producción de Malaguerra.

Tras meses de creación, el montaje se halla en su fase final: ese momento en que la obra comienza a tener voz propia, en la que vamos dejando caer los hilos para verla caminar por sí misma. Una pieza que combina lo espectacular, es decir, el virtuosismo de dos grandes artistas en escena como son Dani y Amanda (batería y danza respectivamente), con lo teatral, basado en el texto.

Malaguerra desentraña la cotidianidad en su esfuerzo diario, donde los mecanismos de la mente se enfrentan al propio desgaste. Pesadilla y vigilia cuestionan el significado actual del trabajo, a través de la historia de una mujer que se obliga a una vida de trabajo por los suyos, a costa de no verlos, hasta el día en que sus huesos deciden gruñir.

El  paisaje sonoro de un sintetizador y una batería, del cajón flamenco, las cárcamas y castañuelas, acompañan la danza desgarradora de la rutina del día a día. El baile se funde con música electrónica recorriendo palos como la seguiriya, el tango, la guajira, el abandolao o la bulería, siempre desde una mirada poliédrica de la danza y del flamenco.

Los sonidos dialogan con la protagonista, mientras voces y susurros perturban el paisaje sonoro de la obra, de la mente. Las luces trazan claroscuros de carácter expresionista, y más que iluminar producen zonas negras que abrazan al ser que grita, que nos sumergen en cierta oscuridad, precisamente, en busca de luz.

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